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Principios del Noviazgo Cristiano


                                       
El cristiano que se encuentra en la etapa de joven y soltero, sea como hombre o como mujer, necesita un marco de referencia para plantear sus relaciones afectivas en sintonía con el llamamiento de Dios para su vida. Hay varios principios básicos que el Señor deja claros en su Palabra.

Estamos hechos para relacionarnos con otros. Fue Dios quien dijo al principio, “No es bueno que el hombre (y, por extensión, la mujer) esté solo” (Gn 2:18). La soledad voluntaria puede ser una opción temporal, pero el deseo divino es que crezcamos en comunidad ante el mundo, ya sea con amistades o con una pareja estable. Las personas durarán toda la eternidad, las cosas no. Por este motivo, las relaciones personales aportarán algo al corazón humano que ningún trabajo, ninguna actividad de ocio, ningún amontanamiento de cosas materiales puede ofrecer.

1. Dios está a favor del amor

Este principio sirve de punto de partida para toda la cuestión de la pareja. El Señor afirma en sus palabras que “mejores son dos que uno”:

(Ec 4:9-12) “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente, mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.”

Dentro del matrimonio, este “mejor dos que uno” incluye la relación sexual. El Señor dice “sus caricias te satisfagan en todo tiempo”, refiriéndose a la intimidad física (Pr 5:18-19). La palabra hebrea “ravah” significa “emborracharse”, o sea, “sus caricias te emborrachen en todo tiempo”. De la misma manera, Dios dice a los novios en la noche de bodas, “Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados” (Cnt 5:1). Debemos recordar que el Señor está a favor del amor, de la pareja y del sexo, pero siempre dentro de los parámetros que él ha marcado, para que la relación aporte la máxima satisfacción a todos los niveles.

(Ec 9:9) “Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu
vanidad que te son dados debajo del sol...”

Dios insiste que “sus caminos son caminos deleitosos” (Pr 3:17). Si quisiéramos dar en una diana y pudiéramos elegir entre un rifle de precisión con mirilla telescópica y una escopeta de feria, elegiríamos el fusil de altas prestaciones. Si fuéramos a tirar con arco y pudiéramos escoger entre un arco olímpico con contrapesos y flechas de fibra de vidrio perfectamente equilibradas, no optaríamos por un arco y flechas de juguete. De la misma manera, todos quisiéramos dar en el blanco cuando se trata del amor. Dios, que nos ha hecho, sabe cómo podemos lograr la máxima satisfacción en la relación humana. Hacemos bien en prestarle atención. Sus caminos serán deleitosos.

Un consejo bíblico sugerente aparece en (Pr 27:7): “El hombre saciado desprecia el panal de miel; pero al hambriento todo lo amargo es dulce”. Aplicando el principio a la pareja, la enseñanza es que la persona que se encuentra saciada del amor humano desprecia todos los sucedáneos que el mundo ofrece, que a primera vista podrían parecen atractivos (como panal de miel). En cambio, la persona frustrada o amargada en los asuntos del amor, escoge opciones sucias, baratas o denigrantes. Todas las cosas guarras le parecen dulces porque su corazón está vacío. Dios puede enseñarnos el camino a la saciedad en el amor. Escucharle nos ofrece una mayor posibilidad de saciarnos adecuadamente, de emborracharnos del amor.

Dios no manda el matrimonio para todos, pero sí es su plan ordinario para la vida en esta tierra. A pesar de los fracasos que nos rodean todos los días, el matrimonio dentro del plan de Dios sigue ofreciendo la mayor posibilidad de gran satisfacción. Sigue siendo una opción altamente deseable.

2. La mejor relación de pareja en Cristo

Cuando el Señor manda que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos (2 Co 6:14), quiere decir que si en la pareja no compartimos una misma dinámica en el centro de nuestro corazón, estamos condenados a irritarnos constantemente. Es como intentar arar un campo con un asno y un buey uncidos juntos. El paso distinto de cada bestia provoca una falta de sintonía que acaba en un cruce de patadas (Dt 22:10).

El nuevo nacimiento cambia el corazón de la persona, para que su tendencia innata ya no sea tirar por lo suyo (egoísmo), sino dar a los demás (amor). Si una persona creyente se junta en matrimonio con un inconverso, habrá un “choque de trenes” entre dos tendencias de base, tarde o temprano. El creyente se mueve por el amor, pero el inconverso se mueve por sus intereses (búsqueda que a veces se esconde por un tiempo bajo una pátina de buenos modales).

La relación con más potencial siempre será la de dos cristianos. La amistad entre dos personas cuyos corazones han sido transformados por la gracia de Dios tiene el mayor potencial. Sólo así podrá cumplirse la receta para la felicidad en el hogar: “Ninguno busque su propio bien, sino el del otro” (1 Co 10:24).

Esto invita al creyente a examinar muy bien a sus posibles pretendientes. Lo que necesita ver en el otro es una vida espiritual independiente, señales de vida nueva que se hayan demostrado en múltiples ocasiones en el contexto de la iglesia local. No es suficiente que el otro asista a una iglesia o que se llame cristiano. Hace falta ver fruto palpable de un corazón realmente cambiado.

La unión de los creyentes auténticos no garantiza la felicidad conyugal, pero ofrece las mayores probabilidades de que ésta se encuentre. Si Jesucristo está en medio, cada cónyuge buscará luz para solucionar los problemas concretos que surgen en todo tipo de convivencia, y Cristo dará ayuda para que cada cual insista o ceda, perdone o pida perdón, en el momento adecuado.

3. Un compromiso de por vida

En el fondo, todos buscamos alguna persona que siempre esté a nuestro lado: en la riqueza o la pobreza, en la salud o la enfermedad, en la juventud o en la vejez. Para que llegue esa persona fiel, hemos de serla también. La lealtad y la fidelidad son cualidades recíprocas. Jesucristo afirma el relato creacional cuando dice “Por esto el hombre dejará padre y madre, y su unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne...” (Mt 19:5). Plantea una relación permanente, como antes había insistido el profeta Malaquías hablando de “la mujer de tu juventud” y “la mujer de tu pacto” (Mal 2:14).

La mejor relación de pareja se basa en un compromiso de por vida. El compromiso vitalicio puede funcionar si te casas con la persona que Dios tiene para ti, en el tiempo que él ordena, y permitiendo que Jesucristo sea Señor de la relación. Es el “cordón de tres dobleces que no se rompe pronto” (Ec 4:12): él, ella y Jesucristo en medio.

La razón de ser del compromiso vitalicio es que el amor madura con el tiempo, se transforma y se vuelve más rico que al principio. El encuentro furtivo de una noche entre dos amantes no tiene punto de comparación con el amor sólido de un matrimonio que se ha construido durante décadas, a través de una multitud de experiencias vividas juntos.

Una de las experiencias más unificadoras es la paternidad. Cuando el Señor permite que nazcan hijos, éstos se convierten en proyecto primordial para el matrimonio. Todos los desafíos - sonrisas y lágrimas - que acompañan cada etapa en el crecimiento de los hijos enriquecen la convivencia conyugal, con la ayuda del Señor.

Con la ayuda del Señor, tanto él como ella pueden llegar al final de su peregrinaje afirmando que “las muchas aguas no podrán apagar el amor” (Cnt 8:7). Con Jesucristo en medio, los dos cónyuges se dan cuenta de haber sido el principal “medio de la gracia”, cada uno en la vida del otro, para adelantar la transformación espiritual hacia la semejanza de Cristo.

4. La base de una relación duradera

La base es la amistad, no el sexo. Si las dos personas han de apoyarse en medio de un sinfín de experiencias, luchando juntos por salir adelante en un mundo caído, debe ser en base a un compromiso mutuo con la totalidad de la persona, no sólo el disfrute del roce corporal. Es la unión de dos personas, no sólo el apareamiento de dos cuerpos. Lo que cada persona procura descubrir durante el tiempo del noviazgo es si el otro tiene las cualidades de una persona fiel y leal. “Fiel” quiere decir que se puede confiar en él (o ella). Cumple su palabra, cumple sus compromisos. “Leal” quiere decir que verdaderamente busca tu bien. Su intención no es usarte para sus propios fines, sino servir como fuente de bendición en tu vida.

Para demostrar fidelidad y lealtad, resulta clave el autodominio inherente al hecho de aplazar el sexo hasta la boda. Uno que asume este compromiso demuestra que es digno de confianza en los demás apartados de la vida, y también que busca el bien de su pareja antes de su propia satisfacción. Poder esperar transmite respeto y amor verdadero.

Por ello el Señor se opone tajantemente a la fornicación (el sexo fuera del matrimonio): “Huid de la fornicación” (1 Co 6:18). Hay dos motivos detrás de esta prohibición. Por un lado, introducir el sexo antes de tiempo impide el sano crecimiento de la amistad. Las estadísticas son contundentes: las parejas que cohabitan antes de casarse sufren un índice de fracaso mucho mayor que las parejas que primero asumen el compromiso público y permanente (el matrimonio) para compartir después la intimidad sexual. La vida sexual está pensada para fluir de un compromiso serio. Es la expresión del compromiso - no un goce placentero sin trascendencia - en que él y ella se entregan el uno al otro sin reservas, porque descansan en la seguridad de un amor fundamentado.

Compartir sexo antes de tiempo entorpece el desarrollo de la relación. Es como si el vecino pusiera un disco de “Ibiza mix” a todo volumen justo cuando quieres escuchar una sinfonía de Mozart. La música pachanguera ahoga la melodía exquisita que realmente te apetece en ese momento. Lo que llena, lo que satisface de verdad, es una relación plena en todos los sentidos, mucho más que el mero frotamiento entre dos cuerpos. Esta relación plena - y para que dure largo tiempo - tiene que desarrollarse en base a la conversación y muchas experiencias compartidas, sin que el sexo entre antes de tiempo para desviar la atención. Luego en su momento, el sexo será un glorioso complemento, cuando ya existe el compromiso.

De la misma manera, el sexo casual tampoco puede llenar el depósito emocional del corazón. El ayuntamiento de dos cuerpos no puede compararse con la unión de dos almas (con los cuerpos también, dentro del matrimonio). Es como engordarse de comida rápida: mucha pizza, mucho Bollycao y mucha hamburguesa sabe fenomenal, pero alimenta poco y acaba produciendo hastío.

Después de la boda - después de asumir un compromiso serio ante Dios y testigos - la intimidad sexual fortalece toda la relación como maravilloso complemento. La pasión legítima enciende fuegos artificiales en la alcoba, con la mirada complacida del mismo Dios (Cnt 4:16-5:1). Engrasa toda la convivencia diaria. La alegría de un secreto compartido aporta dinamismo a toda la vida de pareja. Es algo ideado y bendecido por Dios (Pr 5:18-19), con la condición de que el compromiso esté en su sitio previamente.

El Señor apunta otro motivo más para esperar. La fornicación es un atentado contra tu propio cuerpo: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Co 6:18). Hay unas 27 enfermedades de transmisión sexual. Varias de ellas se contagian con el mero roce de la entrepierna; llevar preservativo no lo evita. Varias son víricas; no hay antibiótico que valga para curarlas (papiloma humano, hepatitis, herpes, SIDA). Varias hacen daño al cuello del útero o a las trompas de Falopio (gonorrea, clamidia), dejando a la mujer incapacitada para tener hijos. Muchas veces no hay manifestaciones clínicas a la vista. Otras enfermedades duran toda la vida, no desaparecen nunca (herpes). De modo que lo más seguro es practicar el sexo con una sola persona: tu pareja de toda la vida, después de casarse. El plan de Dios es que empecemos como novatos y aprendamos juntos.

5. Edificar la amistad y no provocar el deseo sexual antes de tiempo

Esto supone la elección de actividades que promuevan la conversación, en base a experiencias compartidas. Cuando un chico conoce a una  chica, es una experiencia maravillosa. Lo más bonito es pasar tiempo juntos: conversando, paseando, escuchando música, practicando el deporte, quedando con amigos, sirviendo con algún colectivo. Pero si buscamos oportunidades para estar solos con el único fin de intercambiar caricias que nos ponen a cien, entonces introducimos una relación íntima antes de tiempo, y abortamos el desarrollo de la amistad. La amistad es la base de una relación duradera, y cualquier práctica sexual es una obra en contra.

“Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas
el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.” (Ga 6:8) 


La diana a que queremos apuntar es una relación de larga duración, con Cristo en medio. Esto es lo que aporta solidez emocional a cada persona. Es lo que garantiza la ayuda de Dios en la relación, lo que pone soluciones cuando no sabemos qué hacer. También es lo que facilita que la entrega sexual mutua después de la boda sea una experiencia pletórica. Sólo el compromiso de disfrutar el sexo dentro del marco de un compromiso vitalicio permite que crezcan los dos pilares de una relación estable: la lealtad y la fiabilidad. También es lo que allana el camino para la experiencia de tener familia: engendrando y educando a hijos, que luego siguen en nuestros caminos y - como flechas en la mano del guerrero - multiplican nuestra influencia para bien en el mundo (Sal 127:4).

6. Lo que llena el corazón es una relación plena

Cada vez hay más estudios que relacionan la impotencia con el uso de la pornografía. Parece que la sobreexcitación sexual produce un agotamiento que acaba haciendo daño a la relación íntima de la pareja. La adrenalina que provoca la imagen crea distancias en la vida real. En el cristiano, esto se une al sentimiento de culpabilidad que la infidelidad virtual provoca. Por eso el apóstol dice, “Amados, yo os ruego... que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 P 2:11). El sexo egoísta provoca batallas en el alma que van desde el descontento hasta la depresión y la ansiedad. Mucho mejor guardarnos para la persona - una persona real, de carne y hueso - que el Señor ha puesto para compartir con nosotros la intimidad. Si la intimidad queda interrumpida por cuestiones de enfermedad, viajes o discapacidad, entonces su promesa es “Bástate mi
gracia” (2 Co 12:9).






















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